Un poema
¿DÓNDE ESTÁS?
Te busco incesante en los viajes de ensueño, donde la fría luz te baña y la calidez de la oscuridad te mece. Te busco en la cueva para habitarla junto a ti, en el mar para perderme contigo bajo sus aguas y por el abrupto mundo donde poder caminar, codo con codo, sobre el sendero que no lleva a ninguna parte.
¡Qué dura se me hace tu ausencia! La búsqueda hambrienta de tus palabras, el vacío sin fondo donde caen mis anhelos cuando no te encuentro… pido a gritos que tus manos me busquen ya que hasta ahora jamás pudieron acariciarme, que tu mente piense en mí ya que nunca pude posar mis labios sobre tus sienes y que tu alma sea mía ya que nunca pudiste pertenecerme.
Deseo encontrar el árbol del olvido y sentarme a su sombra, en espera de que pueda borrar tu rostro imaginario de mi mente y poder olvidar lo mucho que te amo, lo mucho que te busco, lo mucho que te extraño… y desear rebozar de nada dónde ahora estás tú sola, ocupándolo todo.
Me pregunto dónde estás, quién eres, si será así siempre, observando en la lejanía tu parpadeo y escuchando su sonido cómo aleteo de pájaro que vuela alto, pero que resuena en el silencio del abismo.
Me devolverías el don de la vida si escuchara tus palabras; revivirías mis sentidos que adormecidos esperan el brusco sonido del despertador al amanecer y su estruendo insoportable.
Pero llegó el monótono despertar, abrí los ojos y no te vi, estiré mis manos pero no te pude hallar, quise impregnar de tu aroma mis pulmones e inhalé la ausencia de tu fragancia.
Sin embargo sé que estás ahí, vigilando mis sueños, mirando mis ojos cerrados mientras me deleito soñando en ti, acariciando mi mejilla con tu aliento, puedo percibirte a través de los poros de mi alma. Te siento vagando a mi alrededor como fantasma errante, danzando notas musicales que sólo se escuchan con los oídos del aire y sintiendo tu protección noche y día como el ángel de la guarda que nunca tuve, pero que ahora sé que siempre me vela, aunque no dice nada.
Deseo permanecer envuelto en tu aura eternamente, sabiéndote mía, vivir arropado en la huella que tu cuerpo nunca dejó, ni dejará, en mi cama y clavar mis uñas en tu espalda mientras me entrego y arrebatas mi alma con tus dientes. Un alma que tú bien sabes ya no me pertenece, que hiciste tuya desde el principio del mundo antes del comienzo de la nada y después de llegar el todo y aunque no sé ni cómo ni porqué, sencillamente, siempre lo supe.
Y como cada noche vuelvo a verte con los párpados cerrados, perdido en la oscuridad de la noche, resurgiendo en la penumbra, esperando ansioso el momento de mecerme en tus inexistentes brazos. Veo tu sombra avanzar hacia mí y cómo prolongas tus dedos largos para acariciar mi cuerpo desnudo tendido en el lecho y siento la caricia de tu cuerpo ausente reflejado sobre mi cuerpo y cómo me cubres una vez más con tu tibio manto.
Estiro mis brazos alzados ofreciendo mi abrazo a la nada, sangrando como un gallo de sacrificio en noche de negra magia, con el terrible dolor a cuestas de la búsqueda incesante y cuarteados ya ambos por el paso del tiempo, envejecidos en el dolor de no haber podido alcanzarnos. Subo a la cima del mundo, al lugar más alto, un lugar donde mi vista no alcanza a ver tras las nubes. Extiendo mis manos en cruz, ya que eso es lo que cargo y veo la podredumbre sobre mis carnes y rujo de dolor mientras muero en la impotencia del último aliento. Y despierto en él, y ante mí se abre el sendero que se dirige a ninguna parte, pero esta vez ha llegado mi hora de caminar y lo hago lentamente, tengo miedo y tu nombre se arranca de mi garganta sin yo querer decir nada, pero miro a mi lado y te encuentro, al fin tus ojos me están mirando y tiemblo como una hoja mecida en la tormenta, pero tú me consuelas ofreciéndome tu mano y la tomo al fin, entonces se borra la huella del tormento de las comisuras de mis labios.
¡Ahora sí que te siento! Pero ¿dónde estás? Y un grito se desgarra contra las paredes oscuras de la muerte. ¿Estuviste siempre ahí? ¿Tras el muro de dónde nunca se vuelve? ¿Vigilabas mis pasos, mi vida y hasta el suspiro del fin? Seguí aferrado a aquellas candorosas manos y ya no tuve que decir más, lo supe todo, un instante bastó para comprender que me esperabas… por eso antes no pude nunca alcanzar tus manos, por eso tu aliento escapaba al sentir humano, por eso mis ojos nunca se posaban en ti.
Y supe que desde que el mundo fue mundo tuyo fui. Al fin pudimos volar en alas de paloma y tú ya nunca fuiste tú y yo nunca volví a ser yo, completamos el ser que formamos siempre sin saber siquiera que así estaba escrito que fuera y fuimos uno, nada más. Surcamos el mismo cielo, caminamos las mismas flores de primavera eterna y los dolores sufridos se redimieron en la fusión de nuestras viejas almas en pena

